A eso de las tres de la madrugada.
Despertó de pronto y comprobó en su reloj que eran las tres menos veinte de la madrugada. Sus tripas rugieron de nervios. Aún a sabiendas de ir con un poco de adelanto, decidió levantarse. Hacía calor, sofocante todavía. Había elegido esa noche, en plena ola de calor, para llevar a cabo su plan. Puso los pies sobre la moqueta y se incorporó lentamente. Lo había ensayado cientos de veces, el colchón no debía de moverse con ese ademán a cámara lenta en el otro lado de la cama. Ninguna reverberación. Sólo tuvo que quitarse el camisón, pues debajo llevaba unos pantalones cortos de algodón y una camiseta de tirantes, flexible, apropiada. En el descansillo de la parte superior de la casa se sento quedamente sobre el primer escalón y descendió uno a uno utilizando su trasero de amortiguador. Despacio, casi sin respirar. Al llegar a la planta baja se calzo las zapatillas de correr. Pasó por delante de la habitación de su hijo y contempló la cama vacía. El cuarto reluciente. Salió al jardín por la puerta corredera del salón. Con pasos cortos y de puntillas, atravesó el césped y salió por la puerta de detrás del cobertizo hacia el bosque. Miró por última vez hacia la casa y comprobó que no había ninguna luz encendida. Calma total. Se adentró entre los álamos y atravesó la plantación en oblicuo. Hasta que salió a la carretera vecinal. Ahí empezó a correr. Iban a ser dos horas de marcha rápida hasta llegar a la central de autobuses. Estaba acostumbrada. Había entrenado durante un año y medio, con enorme disciplina. Correr era lo más sencillo del plan. Llegó a la estación y subió al tren de las cinco y media de la madrugada. El despertador de su marido no sonaría hasta las nueve y media. Se había encargado bien de modificar la hora de la alarma. Y el somnífero que había puesto en el helado de macadamia de todas las noches tendría que estar haciendo su efecto, seguro. Intentó hacer unas cuantas respiraciones profundas. Sacó el móvil y marcó el número de su madre. Con la confirmación de que había recogido a su hijo en el campamento la noche anterior, se tranquilizó algo. Quince minutos después, el autobús hacía su primera parada. Bajó y encontró a su hermana, esperando con los brazos abiertos. Subieron al coche y a una velocidad de vértigo llegaron al aeropuerto a las siete de la madrugada. Media hora después, cogían ambas el avión. Rumbo al otro lado del mundo. Cerró los ojos en el asiento y pensó en su marido. En las palizas. En los insultos. En las palizas. En las vejaciones. En las palizas. En el trato amable. En las palizas. “Basta ya“, se dijo “en unas horas podrás abrazar a tu hijo sin temor a un puñetazo.”
3 Comentarios
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Cientos de virtudes para miles de defectos. Soy @vidaenvioleta en twitter.




Malo malísimo. Malo malo malo. Y tú buena buena buena. Quiero un libro YA!!!!!!
Ya mismo.
Y sintió una paz….una paz que debió ya conquistar tras el primer golpe, tras el primer insulto. Jamás hay vida tras una mano que inhumanamente borra toda ilusión entre golpes.
De nuevo, felicidades por tus letras.